Los hombres con cáncer de citas

Madre

2020.09.23 16:21 Dantam93 Madre

*TAC*TAC*TAC*TAC*, con movimiento preciso de sus dedos, una esbelta figura negra se dibujaba como por arte de magia en el papel. *TAC*TAC*TAC* sus dedos eran ágiles, se movían por el teclado a una velocidad alarmante, siempre llegando a su objetivo con una precisión fría.
"Señor Bustamante, me podría repetir eso último, ¿por favor?"
"Claro, claro." Bustamante se arregla su corbata, dando un poco de aire a su tráquea, que es aplastada por una corbata barata comprada únicamente para aparentar. "El registro de los últimos clientes ha sido todo un éxito, punto, siguiente párrafo. Espero poder reunirnos pronto, coma, y así solucionar los problemas asociados con la plantación, punto final."
"¿Le releo la carta señor?"
"No María, gracias, tengo un poco de afán."
"Como usted desee. Iré a la oficina de correos lo más pronto posible. ¿Necesita alguna otra cosa?"
"Gracias, gracias nos veremos después"
"Hasta mañana señor Bustamante"
María arrancó la hoja de la máquina de escribir, la guardó en un sobre marcado con el nombre de Bustamante y la selló con cera dorada.
Tomó entre sus cosas una chaqueta larga y café un poco grande para su delgado cuerpo, pero le gustaba el espacio. Además, así nadie notaba cuando se robaba algún par de panes o golosinas que Bustamante tenía para la visita.
Salió a la calle y se encaminó a la oficina de correo. Con la mirada siempre adelante, María caminaba determinada. Esta tarde había salido algo más temprano de lo usual, podría llegar a su casa a leer un poco y hacer una comida especial. Después de todo, era su cumpleaños. Mientras sus tacones chocaban con las piedras irregulares del empedrado del centro de la ciudad, pensaba que hubiera podido coger un bus o un taxi, pero el día era soleado y quería disfrutarlo. Por el camino pudo ver muchas personas. Le gustaba mirar a la gente, sus facciones, sus caras, se imaginaba su día, su profesión y la vida que llevaban. Los fines de semana se dedicaba a esta actividad con su hermana. Sonrió, su hermana, no era el más brillante de todos los focos, pero sabía divertirse con ella. Antes podía salir al parque con su hermana casi a diario pero, desde que su madre se enfermó, no había tenido tiempo alguno. Su vida era trabajar y luego llegar a la casa a cuidar de ella. Hacía unos dos años que le habían hecho el diagnóstico: cáncer de seno.
Había sido un arduo proceso, con aproximadamente mil quinientas citas médicas. Todo había comenzado cuando su madre había sentido un pequeño bulto en su seno izquierdo. Al comienzo lo ignoró, sin embargo, con el tiempo su seno había cambiado y se había vuelto como el cuero, o como una naranja. Cuando pudieron conseguir que la viera un médico, ya era un poco tarde, además su madre no quería que le hicieran mucho más. Desde hacía unos años hablaba de encontrarse nuevamente su marido, que había muerto 10 años atrás. Por esta razón decidió irse del consultorio donde la estaban atendiendo, dejando a María pidiendo perdón, roja de la pena y la ira. Desde entonces todo había cambiado: su mamá se había enfermado, cada vez era más delgada y casi no se podía parar de la cama, lo que hacía que se le formarán costras en la espalda. Sin embargo, María tenía amigas que habían sido enfermeras y le habían dado consejos para manejar esta situación. María debía llegar en las tardes después del trabajo, parar a su mama de la cama, darle un baño con agua tibia y mover cada uno de los miembros de su cuerpo.
Esta era la rutina que tenía a María al borde de las lágrimas en las noches, pues se había convertido en madre de dos. Su hermana Cleo era otro trabajo, pues, aunque no era tan dependiente de ella como su madre, tenía algunas cosas difíciles de manejar. Por ejemplo, no sabía distinguir entre su zapato izquierdo o derecho, por lo que todas las mañanas era tarea de María ponerle los zapatos al derecho.
Llegó a la oficina de correo, saludó al encargado de envíos y entregó la carta de Bustamante. Salió nuevamente. No era pico todavía y podría coger un taxi para llegar cómodamente a su casa.
"TAXI" gritó por la calle hasta que el vehículo amarillo paró al frente de ella.
"¿A dónde?" le preguntó el conductor, parecía de 40 o 50 años, con un bigote negro y grueso sobre el labio.
"La carrera octava con veintiuna por favor"
"Claro"
Al subir al taxi sintió una ola de acidez en sus fosas nasales, pensó que todos los pelos de su nariz se habían quemado e inclusive llegó a pensar que su nariz se había perforado. "¿Podría bajar las ventanas? ¡Huele a muerto en este taxi!"
"Sí, lo siento señorita" el conductor bajó todas las ventanas, parecía un poco apenado, María se preguntó si acaso dormía en el taxi, pues vio un cambio de prendas en el puesto de copiloto. De cualquier forma, apestaba por lo que María sacó su larga nariz por fuera de la ventana, intentando huir del desagradable hedor. Fueron 20 minutos de viaje en los que María pensó que se iba a desmayar unas 30 veces. El conductor intentó charlar con ella, pero no podía alejar su nariz del aire fresco, o juraba que iba a morir en ese infernal vehículo de 4 ruedas. Por fin, vislumbró el parque al frente de su casa, pagó rápidamente y se bajó corriendo.
Abrió la puerta de la casa. "¡Hola! ¡Ya estoy en casa!" grito. En el cuarto de arriba se oyeron los pasos de Cleo, pesados, ansiosos, rápidos, como un niño gordo que bajaba a saludar a sus padres, pensando que estos traían dulces para él. "¡Cleotilde, necesito tu ayuda!" Entró a la cocina y buscó el dinero que guardaba en el tarro del arroz.
"Mari, Mari, mamá no está bien" Cleo hablaba asustada.
"¿Qué pasó ahora?"
"No sé, le duele la teta"
"Seno, Cleotilde, ¿qué te he dicho de esas groserías?"
"Perdón Mari, es que le duele mucho, tengo susto"
"¿Es el mismo seno que siempre le duele?"
"Si, pero esta vez es peor"
"Tranquila Cleo, ya subo y la reviso". Como siempre, su placer tendría que esperar, después pediría a Cleo que fuera a la tienda por un ponqué, para que celebraran sus 60 años, ahora tenía que revisar que su madre no estuviera muriendo o peor aún que tuviera que llevarla al hospital.
Subió por las escaleras de madera, que cedían un poco a cada paso que daba. Algunas crujían y otras parecían que se iban a zafar, pero María conocía su casa muy bien y sabía que esto no iba a pasar. Caminó por el corredor del segundo piso hasta la primera puerta. Tocó dos veces con los nudillos y abrió.
"Madre, Cleo me ha dicho que te duele el seno."
"Mija, acércate, quiero decirte algo" María cerró la puerta y se acercó lentamente a su madre. El cuarto en el que estaban era grande, con una cama para dos personas de un buen tamaño en donde, en el medio, reposaba su madre, una pequeña figura encorvada con el pelo plateado y una arruga por cada segundo que había vivido. Su madre debía que tener unos 80 años, nunca había estudiado y había quedado embarazada recién casada. Sin embargo, había tenido una vida feliz. Su esposo, el padre de María había sido el dueño de una pequeña tienda de zapatos y nunca faltó comida en la mesa. María estaba cerca a su madre y de repente sintió una bofetada en la cara. Tuvo que retroceder dos pasos. Su madre apestaba, no era posible, ella misma la había bañado la noche anterior.
"¿Madre qué hiciste? Apestas"
"Mija, creo que ahora si me muero"
"No digas estupideces"
"Se me abrió la teta. Mira" se quitó el camisón que tenía puesto. María ahogó un grito. En donde estaba el seno izquierdo de su madre ahora había un líquido verde claro, espeso, con algunos puntos negros, o rojos, no estaba segura.
"¿Qué te hiciste?"
"María me rascaba y de repente me exploté la teta. Me duele, me duele mucho"
"Espérate, voy a traer algo para limpiarte." Abrió el closet que se encontraba detrás de ella. Sus amigas, las enfermeras, le habían recomendado comprar gasas y guantes, por si acaso tenía que limpiar las heridas de la espalda. Sacó un paquete y se puso los guantes. Cogió una de las gasas y comenzó a limpiar a su mamá. El olor era insoportable, había tenido que retirarse al menos 3 veces mientras limpiaba, solo para poder aguantar un poco. Su madre gritaba, intentaba quitarla con la mano, pero no tenía suficientes fuerzas. Al final logró limpiarlo todo, solo era un pequeño hueco en el costado del seno. Decidió taparlo con algunas de las gasas limpias, lo aseguró con esparadrapo y se quitó los guantes, satisfecha con su trabajo. No había más pus a la vista.
"¿Quieres algo para el dolor?
"Por favor mija, me duele mucho" del mismo closet sacó unas gotas que le habían dado las enfermeras, morfina, esto la calmaría, pero debía tener cuidado de no darle mucho o podría morir ahogada.
"Abre la boca mamá" su madre obediente abrió de par en par los labios, sacó la lengua y esperó por el alivio del frío líquido. María le dio 5 gotas. Guardó el frasco en el clóset y se sentó al lado de su madre. "Ahora si me va a tocar bañarte toda mamá, no te puede dar pena con tus senos, mira lo que pasa por tus bobadas". Su madre parecía atontada, no sabía si era por el dolor o si era por la morfina, pero ahora no le respondería.
Bajó al primer piso, le dio las instrucciones a su hermana para comprar un ponqué de zanahoria, su favorito, y unas velas para celebrar su cumpleaños. Cleo la abrazó y salió corriendo. Mientras tanto María se bañaría. Subió a su cuarto y cerró la puerta. Entró al baño, prendió la ducha, se quitó su ropa y entró. El agua estaba caliente, deliciosa, lo necesitaba después de este día. Cogió su jabón con olor a rosas y se limpió. El olor era delicioso… ¿Lo era? María olió sus manos y solo pudo oler el líquido verde. Nuevamente cogió el jabón y volvió a lavarse de pies a cabeza. Volvió a oler sus manos esperando oler a rosas, pero solo olía a su madre. Una tercera vez cogió el jabón y esta vez se lavó hasta quedar roja. Volvió a oler sus manos. Rosas, por fin. Se tranquilizó. Se lavó el pelo y terminó su baño. Oyó que en el piso de abajo su hermana estaba preparando el ponqué con las velas. María estaba emocionada, hacía un tiempo nadie hacía nada para ella. Se arregló y bajo.
“¡Mari! No tenían ponqué de zanahoria, pero compre de naranja con arequipe. Espero te guste mucho. Eres la mejor hermana mayor de todas. Te quiero.”
“Cleo no te preocupes, la naranja también me gusta. Yo te quiero a ti hermanita” la verdad era que María odiaba la naranja y el arequipe, pero no podía culpar a su hermana. Cleo tenía 20 años menos que ella, sus padres habían tenido un “feliz accidente”. Desde pequeña sabía que Cleo era diferente al resto. Tuvieron que sacarla del colegio porque los profesores decían que era retrasada, pero era la mejor hermana que hubiera podido pedir, siempre alegre, siempre dispuesta a darle un abrazo. Sopló las velas del ponqué y se sirvió un pedazo pequeño, Cleo casi se come la mitad del ponqué, pero María le dio un pedazo un poco más moderado. Después de comer era hora de revisar a mamá. María entró en el cuarto.
“Mamá hay ponqué si quieres. Es mi cumpleaños, no se si te acuerdas” no hubo respuesta. “¿Mamá?” se acercó a la cama de su madre. Por un momento pensó que se había pasado con la morfina, pero el movimiento del pecho de su madre la calmó, aún respiraba. Se acercó un poco más. Nuevamente le tocó retroceder, el hedor de su madre no había mejorado, sintió como penetraba cada uno de los poros de su cuerpo. El olor se mezcló con el sabor del arequipe en su boca, María buscó una caneca para vomitar. Decidió revisar el vendaje improvisado que había hecho, el cual estaba mojado por el líquido verde. Por el momento lo dejaría así y en la mañana llevaría a su madre al hospital. Llamaría a Bustamante y le pediría el permiso.
Salió del cuarto de su madre y llamó a Cleo para dormir. Se despidió con un beso en la frente y se encerró en su cuarto. Se sentía sucia nuevamente, por lo que se metió en la ducha. Sacó un nuevo jabón, este con olor a naranja. Se restregó fuertemente el cuerpo completo, esta vez no olería a su madre. Se olió las manos. Mamá. No era posible. Volvió a lavarse una y otra vez, pero no lograba quitarse el olor de encima, siempre que volvía a llevarse las manos a la cara, olía a su madre. La imagen del seno lleno de pus entraba y salía de su cabeza. Se lavó con fuerza, seguía oliendo. Pensó que tal vez era su madre que estaba apestando toda la casa, después de llevarla al hospital todo mejoraría.
Se acostó. Entre más rápido durmiera, más rápido llegaría al hospital. Cerró los ojos e intentó dormir. Pero el olor penetraba su todo su cuerpo, sentía la suciedad, sentía como si el líquido verde estuviera encima de ella. Abrió los ojos, y no había nada. Se puso dos pedazos de papel en la nariz, pero el olor estaba adentro de ella. No había escapatoria. Abrió las ventanas de su cuarto y prendió las velas de su mesa de noche. Seguía ahí. Pasaron horas y María no había podido conciliar el sueño, cada vez que cerraba los ojos sentía como si de su cuerpo saliera pus y la arropara. Se metió a bañar dos, tres, cuatro veces más, sin éxito alguno. Ya era suficiente. Iba a limpiar a su madre.
Entró en la habitación y prendió la luz. Su madre seguía durmiendo. Quitó las vendas del seno, intentando no despertarla. Estaban húmedas y las botó de inmediato a la basura. Un hilo de líquido verdoso salía del seno de su madre. Cogió un nuevo paquete de gasas y lo tapó. Rápidamente, la gasa se humedeció, por lo que tuvo que poner una nueva, una y otra vez, hasta que se acabaron las gasas del nuevo paquete. Desesperada sacó más gasas, sin embargo, se acabaron otros dos paquetes. No sabía qué hacer, no aguantaba más ese hedor, penetrando su nariz, entrando por su boca, lo saboreaba cada vez que respiraba. Su madre dormía profundamente, parecía que estaba respirando más lento de lo usual, pero María no le puso mucha atención. Toda su atención estaba enfocada en el olor. En un momento de rabia decidió apretar el seno de su madre, lo que hizo que saliera más pus, María maldijo entre dientes, lo limpió nuevamente y para su sorpresa se dio cuenta que ahora salía menos líquido que antes. Volvió a presionar, esta vez con más fuerza el seno de su madre. Una explosión verdosa salió disparada de su madre. María sentía como si hubiera ganado. Lo limpió, pensando que sería la última vez, pero cuando terminó, se dio cuenta que había un resto que seguía saliendo. Apretó con fuerza el seno de su madre una y otra vez, pero seguía saliendo pus. María estaba al borde de las lágrimas, no sabía qué más podría hacer, pero sabía que no podía seguir así.
Entonces tuvo una idea. Se acercó al closet y abrió uno de los cajones. Sus amigas le habían recomendado tener cuchillas, por si debía quitar las costras de la espalda de su madre. Cogió una cuchilla y la admiró, el frío metal brillaba con la luz del cuarto, sin una mancha, perfectamente conservado para los procedimientos médicos. Se acercó a su madre, que no había despertado y acercó su herramienta al seno, al lugar donde el pus la invadía. Sin titubear cortó el seno de su madre, primero un poco, y luego llena de felicidad hizo un trazo tan grande como su puño. Botó la cuchilla lejos y empezó a apretar el seno con fuerza, para sacar cada gota de pus, ya no la molestaría más.
“¿Mari qué haces?” Cleo se encontraba en pijama en la puerta del cuarto.
“¡Cleo! Vete a dormir, estoy ayudando a mamá”
“¿Mari no le ofreciste ponqué a mamá?”
“Si le ofrecí Cleo, pero ahora está dormida, vete a tu cuarto y duerme”
“¿Por qué estás encima de mamá?”
“La estoy ayudando, por favor ve a dormir”
“Déjame despedirme, no pude darle las buenas noches”
“Vete a dormir, mamá está muy cansada”
“Quiero despedirme Mari”
“Cleotilde vete a tu cuarto en este instante, no lo voy a repetir otra vez” Cleo se acercó a María desafiante. Cuando estuvo suficientemente cerca palideció.
“¿A qué huele? ¿Qué es eso rojo en la cama de mamá?”
“¡Vete a dormir!”
“¿Mari que le hiciste a mamá?”
“La estoy ayudando” María se paró de la cama e intentó alejar a Cleo de su madre, pero su hermana era mucho más grande que ella. Se lanzó encima de María intentando llegar a su madre.
“¿Mamá? ¿Estás bien?”
“¡CLEOTILDE VETE A DORMIR YA!”
“Mari quítate que quiero estar con mi mamá” Cleo lanzó a María a un lado, como una muñeca de trapo. Cleo cogió a su mamá, gritando para que reaccionara, pero esta seguía en un sueño profundo. María estaba asustada, no sabía que Cleo la podía tratar así. Mas aún, no sabía que Cleo olía a pus, ahora que estaba cubierta de él. María vio como Cleo comenzaba a supurar por los oídos, la nariz y la boca. No podía ser cierto, parpadeo y seguía viéndolo. Solo había una solución.
“Cleo, tengo que ayudarte a ti también” con un rápido movimiento María cogió la cuchilla del piso, se trepó en la espalda de Cleo y comenzó a apuñalar a Cleo en la cara, en la espalda, en el pecho. Chorros de pus comenzaron a salir de Cleo, como una fuente de líquido verde que nunca acababa. Su hermana peleó por unos minutos, pero se cansó y dejó de pelear. Ahora ambas dormían, y por fin María podría limpiar el desastre que habían hecho.
“Cleo mira lo que hiciste, y ahora adivina a quién le va a tocar limpiar todo esto”.
Se había demorado toda la noche, pero su madre y su hermana estaban impecables. No había pus en ningún lugar de la casa y al fin podría descansar. María salió de su casa. En la entrada los vecinos y un grupo de policías habían salido a visitarla, al fin tendría invitados en su cumpleaños. Los policías decidieron llevarla de paseo en su carro. Mientras unos hombres con batas blancas subieron y llevaron a su mamá y su hermana en otro carro, este más grande y blanco. María estaba tranquila, al fin olía a rosas.
submitted by Dantam93 to HistoriasdeTerror [link] [comments]


2018.06.27 06:14 J4yC1 Me hicieron una histerectomía años atrás. Hoy me di cuenta que estaba embarazada. [T]

Cuando tenía 9 años, un agresor no identificado me jaló hasta un auto, me apuñaló 12 veces, y me dejó enfrente de un hospital.
Perdí mi útero, mis ovarios, un riñón y unos cuantos metros de intestino. Han pasado 17 años. Además del Trastorno de Estrés Post-Traumático, la cosa más difícil es saber que nunca tendré hijos biológicos. He querido tener niños propios desde que tengo memoria, aunque quizá esto se deba en parte a que crecí en un hogar conservador que medía el valor de una mujer por su habilidad de traer niños al mundo.
Mi estatus de víctima despertó en mi un interés en la aplicación y cumplimiento de la ley. Me contrataron como policía pero fuera de la academia, la verdad es que era un desastre. En vez de eso, conseguí un empleo en la cárcel. Trabajo en el turno de la noche de 7PM a 7AM. Me hace más solitaria de lo que ya soy, pero me pagan un 11% más en este turno y de todos modos no tengo familia.
Vivo sola. Ni siquiera he tenido un solo novio. Aunque creo que mi cerebro trata de compensar esto porque a veces me levanto en las mañanas sabiendo que alguien está conmigo. Alguien familiar, alguien a quien amo. Sin rostro ni nombre, solo la seguridad de su presencia. Pero siempre que trato de alcanzarlo y tocarlo, nunca hay nada en su lugar.
Como sea. Fui al médico esta mañana después del trabajo. Además de mi temperatura y mi presión arterial, me tomaron una muestra de orina. No es algo inusual. El traumatismo abdominal me hace propensa a infecciones.
Después de unos cuantos minutos, el médico entró y me dijo: "Estás embarazada."
Sonreí de manera temblorosa y con dolor. Seguramente esto era una broma, aunque era una extraordinariamente de mal gusto. "No tengo útero."
Soltó una pequeña risa nasal. "¿Desde cuándo?"
"¿Desde...cuarto grado?"
Atizbos de preocupación se posaron en la cara de mi médico. Los siguientes minutos pasaron como una confusa neblina mientras me decía que mi sistema reproductivo estaba bien.
Mi corazón se aceleró. Me sentí mareada, confundida y enojada. He sido su paciente por cuatro años. ¿Cómo podía olvidar quien soy?
Finalmente me mostró mis expedientes. Años de expedientes, detallando un embarazo exitoso y una breve batalla contra el cáncer de ovario.
"No," Dije, "Debe de haber un error."
El tono de mi médico se volvió más enérgico. "¿Cómo te sientes? ¿Te has golpeado la cabeza, tomado drogas o..."
"¡No!" Me costaba mantener el control de mi voz. "¡Ésto no es mío! ¡Esa no soy yo!"
Siguió discutiendo. El corazón me pesaba. El enojo y la confusión se transformaban en pánico. Finalmente le dije "Me tengo que ir."
Intentó detenerme. - "Quizá solo estés herida o teniendo un episodio, no es seguro que..." Pero me apuré y me fui.
Una vez que llegué a mi auto, implosioné. Cada gramo de dolor, anhelo, ira y vergüenza me vinieron por la espalda, llenándome por dentro, una presión sofocante que sentía que me iba a romper las costillas.
Después de un buen rato, me calmé lo suficiente para conducir a casa.
Mis vecinos de al lados son una pareja mayor, Martin e Isabella. Son buenas personas, pero están terriblemente equivocados respecto a sus hijos. Siguen tratando de emparejarme con su hijo Conrad, quien es narcomenudista y tiene tres hijos con tres mujeres distintas. Lo evito, pero me llevo bien con su hija más joven, Sara. Es una chica salvaje y desempleada, pero tiene buen corazón. Probablemente es un poco extraña, pero me sentía cercana a ella, de la misma forma en la que me sentía cercana a mis parientes.
Sara sabe todo sobre mi (es imposible no tomarla como confidente; atrae los secretos como agujas a la piel) y tiene una memoria ridículamente buena. Mi médico podría estar fuera de si, pero Sara recordaba todo. Ella confirmaría que yo estaba cuerda.
Los autos de Isabella y Martin no estaban, pero el anticuado auto de Sara se encontraba en la curva, así que fui a la puerta. Cuando toqué, Conrad me abrió la puerta con una turbia sonrisa. "Hey."
"Hola, ¿Se encuentra Sara?"
"Ha estado con un tipo, no se ha aparecido en toda la semana." Se estiró, tratando de sacar el pecho. "¿Gustas pasar?"
Negué con la cabeza. "Dile que vine a verla."
Murmuró enojado mientras iba cruzando el patio, mirándome hasta que cerré mi puerta delantera.
Mi terrier, Jingo, enseguida se apresuró hacia mi. Está viejita y este tipo de movimientos de cachorrito son inusuales en ella, pero no le tomé importancia. Una vez que sus ánimos de mascota estuvieron satisfechos, se dirigió a la cocina. La seguí, y me congelé.
Un hombre estaba sentado frente a la mesa, con un montón de papeles frente a él. Jingo corrió hacia él, dando pequeños círculos con emoción.
"No te asustes," dijo el hombre. "Por favor."
"Sal de aquí," Susurré.
"Me imagino que tendrás muchas preguntas después de tu cita médica."
Sentí que algo me aplastaba por dentro, exprimiéndome como una esponja. "¿Cómo sa – "
"Me llamaron." Me mostró su teléfono. "Estaban muy preocupados por ti."
"Voy a llamar a la policía."
"No lo hagas," Me dijo.
"No tendría que hacerlo si no hubieses invadido mi propiedad," resollé.
Absurdamente se me acercó girándome los ojos. Había algo familiar en ello, algo que hizo que mi corazón se derritiera casi tan fuerte como el pánico que me daba que se acercara a atacarme. "Estamos juntos en el contrato de arrendamiento, no pueden hacer que me vaya."
"¡No estás en mi contrato!"
Había algo frágil en su lenguaje corporal, algo fuera de lugar. "Confía en mi. Estoy tratando de volver todo a la normalidad. Mira esto." Dobló un fajo de papeles engrapados, y con un ágil movimiento de muñeca, lo mandó girando hacia mi. Aterrizó a mis pies.
Sé que obedecer a alguien que está invadiendo tu casa es parte de una receta para el desastre. Pero mirarlo y escuchar su voz movió algo en mi, casi como un recuerdo. Me hizo pensar en todas esas veces que despertaba somnolienta pensando en la presencia de alguien que amo.
Así que recogí los papeles. Era una copia de mi contrato de arrendamiento. Mejor dicho, nuestro contrato de arrendamiento. Su nombre era Roy. Se supone que tenía 28 años, pero el hombre frente a mi era al menos diez años mayor.
Detrás del contrato de arrendamiento habían facturas de servicios públicos de ambos y un acta de matrimonio.
Los papeles se sacudieron en mis temblorosas manos. Tontamente, sentí un destello desesperado de esperanza. De alivio. Porque, ¿Saben qué? Prefiero estar mentalmente enferma, incluso hasta el punto de olvidar a mi propia familia, que estar tan sola. "¿Estoy loca?"
"No." Su rostro se torció y se secó los ojos. "Necesito que te vayas de aquí conmigo. Necesitamos estar fuera de la ciudad para el atardecer."
"¿Por qué?"
Su labio inferior empezó a temblar y lo mordió fuertemente. Jingo se acurrucó con él y brincó a sus piernas.
"Roy," dije, de forma experimental. "¿Qué sucederá al atardecer?"
"Vendré a casa con nuestra hija." Sentí como si me hubiesen golpeado. "La gente los sigue - y me sigue - hasta aquí. Y luego te matan."
Mi hija. Tenía una hija. Y un segundo hijo en camino, con el hombre sentado frente a mi. Un glorioso glitch en la matrix me había puesto lo que siempre quise en bandeja de plata. ¿Entonces por qué el padre de mis hijos estaba diciéndome que no podía tener nada de eso? "¿Por qué?"
"Porque." Tomó un buen trago de saliva. "Tiene que ver con nuestro hijo."
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Jingo se puso a la defensiva, ladrando, un poco antes de colapsar en un frenesí de éxtasis.
Era un segundo y más joven Roy, con los ojos bien abiertos y enojado como el infierno. Al verlo de reojo, ese ligero sentimiento de reconocerle explotó. Los recuerdos no me venían de golpe, pero sabía que lo conocía.
Se lanzó a través de la habitación. El Roy mayor lo atrapó sin mucho esfuerzo y lo aporreó contra la pared. "¿Qué estás haciendo?" preguntó de forma calmada.
Su contraparte más joven se incorporó violentamente. "¡Tú sabes que carajos estoy haciendo!"
"¿Quien te dijo que estaría aquí?" La voz de Roy se sacudió un poco. "Un Crono, ¿verdad?"
El Roy joven titubeó brevemente.
"Te han estado siguiendo hasta aquí," Dijo Roy. "Y van a matarla."
"El Crono viene por Adam." El joven se agitó de nuevo.
Roy lo tomó por el cabello y estrelló su cabeza en la pared, paralizándolo momentáneamente. "No, no pueden venir por él. La única forma de detenerlo es prevenir su existencia, lo cual hice. Tan sombrío como parezca, eso era lo mejor que podíamos hacer por ella." Su voz se quebró. "Y tú lo deshiciste."
Retrocedí con cuidado y tomé a Jingo. Ninguno de los dos hombres pareció notarlo. Me apresuré a la puerta al mismo tiempo que el joven Roy soltaba una respuesta venenosa.
Suprimiendo una enorme ola de pánico, corrí a casa de Sara. No me importaba quedarme sola con Conrad. Era mejor que quedarme en casa a esperar la muerte con ese lío de líneas temporales alternativas.
"¡Conrad!" Golpeé la puerta. "¡Conrad, déjame pasar!" El sudor goteaba por mi frente mientras el eco de Roy alzando la voz se escuchaba desde mi casa. Toqué el timbre varias veces. "¡Conrad!"
Calle abajo, escuché el ronroneo de un motor. Un coche elegantemente extraño dobló la esquina. Como si fuese una señal, el fuerte y emocional discurso de Roy finalizó con la palabra "Crono".
Era una locura. Pero hoy la locura se había vuelto mi realidad de muchas maneras, así que me agaché. Para mi sorpresa, escuché suaves y lastimosos llantos que venían de cerca - del taller del padre de Sara. Me puse de rodillas y gateé mientras ese tétrico auto se estacionó frente a mi casa.
La puerta se abrió, dejando al descubierto una suave oscuridad. Conrad se aferró al marco de la puerta. Estaba sollozando.
"¿Conrad?" Susurré. No me respondió. Ni siquiera me miró.
Ignorando el revoltijo nauseabundo en mi estómago, lo esquivé y entré al taller.
Después de una mañana tan brillante, era difícil de ver. Las sombras se fundían en una sola, cortadas únicamente por el tenue brillo de las herramientas metálicas.
Algo cambió, de forma furtiva y de alguna forma malsana. Un hedor dulcemente fétido me llegó: gaseoso, empalagoso, casi pegajoso.
Con un suave click la luz sobre mi se encendió. Me impacté.
Un cuerpo tembloroso en carne viva estaba colgado de los brazos en las vigas. Donde una vez hubieran estado los ojos y los labios, habían quedado agujeros vacíos y sangrantes. Delgadas púas sobresalían de los brazos y piernas despellejados. Me tomó un momento darme cuenta que eran alambres. Alambre para jardín, entrelazado con los músculos sangrantes como si fuesen hilos de bordar.
Solamente el cabello estaba intacto: reconocible al instante, era largo, rubio y con mechas azules.
Sara.
Conrad no dejaba de llorar.
Una figura emergió del enredo de sombras. Alto, delgado y de cabello oscuro, con facciones como las de Roy pero ojos como los míos. Me miró con atención, apreciativamente. Entonces el reconocimiento iluminó sus ojos. Me sonrió, y en mi alma, si no es que en mi mente, lo reconocí. "Adam."
Dio un paso hacia el frente con ansias y tomó mis manos. Las suyas estaban llenas de sangre seca y trozos de tejido. El me miró a la cara, analizando cada facción como si no pudiese tener suficiente. "Lo siento." Me susurró.
Detrás de mi, escuché voces. Giré. La enajenada sonrisa de Adam se convirtió en un cruel gruñido mientras la gente irrumpía en el taller.
Trazos de rayos explotaron en mi existencia, envolviéndome en una luz cegadora. La estática crepitó a lo largo de mi piel, acompañado de una punzante llamarada de calor. El miedo, la confusión y una profunda desesperación que no quería comprender me abrumaron. Me cubrí la cabeza.
Todo al mismo tiempo, se volvió silencioso y oscuro.
Después de un rato, me atreví a mirar.
Aún estaba en el taller. Estaba tranquilo, vacío y limpio, sin rastros de Sara o su asesino.
Para mi sorpresa, Jingo estaba esperándome afuera. La tomé y corrí por el jardín. Los autos de Martin e Isabella estaban en la calle. A través de una ventana, oí a Sara riéndose. El pesar en mi pecho se alivió considerablemente.
Tardé un poco en reunir el valor, pero finalmente entré a mi casa. Después de asegurarme que estaba vacía, me deslicé hasta el suelo y Jingo brincó a mi regazo.
Quiero pasar esto como locura. Un brote psicótico, quizá, o simplemente un colapso del diario. Podía aceptar el hecho de que estaba en el taller de mis vecinos. Incluso podía justificar la presencia de Jingo.
Pero no puedo explicar la sangre ni los tejidos secándose en mis manos.
Quiero una familia más que nada. Me duele inmesurablemente, y me llega hasta los adentros, tener uno con el que nunca podré estar. Pero creo que estoy mejor así.
No tener hijos es mejor que tener que matar a uno, ¿no es así?
Thanks to u/Dopabeane for letting me translate this story.
submitted by J4yC1 to nosleepenespanol [link] [comments]